POR QUÉ NUESTRO CEREBRO NO APRENDE CUANDO NOS GRITAN O NOS CASTIGAN

En mis cuarenta años de vida, he tenido una familia de origen protectiva, y he pasado por diversas instituciones educativas.  Afronté la EGB en los 80, la secundaria en los primeros 90 y la universidad hacia el final de los 90.

En cada una de estas instituciones, escuché gritos y  aguanté castigos en mayor o menor medida. Hoy me pregunto si aquellos adultos que me rodeaban creían fielmente que esos gritos y/ o castigos eran la forma correcta de educarme ¿o quizá ni ellos mismos lo creían? Nunca lo sabré. No dejaban de ser gritos de poder y muestras de autoridad.

Recuerdo una vez, tendría unos 9 años y estaba en EGB, que fui expuesta delante de toda la clase por, creo recordar (ni siquiera estoy segura),  no prestar atención a la lección. Se me puso en el rincón cara a la pared, apartada y aislada del resto de la clase. Recuerdo mi terror y vergüenza infinita, que, desde entonces, y aún hoy, arrastro y enfrento cada vez que debo salir delante de un público y exponerme.

¿Por qué el niño, al que acaban de castigar y/ o gritar, no aprenderá la lección? Esa lección de vida, enseñanza de futuro que, como padres o profesores queremos que nuestros niños aprendan.  Aquí vamos a tratar de dar una respuesta química al por qué, dejando de lado en esta ocasión las corrientes educativas.

Hoy vamos a centrarnos en nuestro sistema límbico, y más concretamente, en nuestra amígdala, colaboradora imprescindible en la regulación de las emociones, la cual puede reaccionar de una manera agresiva si percibe que está en peligro. Recibe este nombre por su forma parecida a una almendra (almendra es amýgdalo en griego).

Existen ya cientos de estudios neurológicos que avalan que, si el niño no se siente cómodo, seguro y protegido, su cerebro activará el modo de supervivencia y bloqueará la entrada de nuevas informaciones.

El cuerpo amigdalino, o amígdala cerebral es un conjunto de núcleos de neuronas localizadas en el interior de los lóbulos temporales de los vertebrados complejos, humanos incluidos.  La amígdala forma parte del sistema límbico, y su papel principal es el procesamiento y almacenamiento de reacciones emocionales.

Cumple varias funciones básicas relacionadas con los instintos y la supervivencia de la especie, como el hambre, la sed, el sexo, la memoria y las emociones más primarias: irá, alegría, miedo, tristeza…Durante mucho tiempo se ha dicho que en la amígdala nacían las emociones, aunque esto no es del todo correcto.

La amígdala envía proyecciones a otros sistemas para incrementar los reflejos de vigilancia, paralización y escape/huida,  para las expresiones de miedo,  para la activación de neurotransmisores de dopamina, glucocorticoides, noranedralina y adrenalina. Destacar que muchos de estos neurotransmisores están intimamente ligados a las respuestas de estrés y en particular al distrés (estrés nocivo al organismo).

La amígdala participa en una gran variedad de funciones, pero destacan el mantenimiento de nuestros recuerdos y diversos aspectos de la memoria. En muchas ocasiones los hechos se relacionan con una emoción muy intensa: un hecho de la infanzia, la perdida de una persona querida, una situación de gran estrés o terror…

Si un niño no se siente seguro, la amígdala se activa e impide que  haya absorción y entrada de información al cerebro, bloqueando la entrada de nueva información.

Un estudio publicado por la revista “Microbiología del aprendizaje” en 2002 sugiere que la amígdala, de hecho, tiene un fuerte impacto en el aprendizaje.

“La amígdala revisa constantemente toda la información que llega al cerebro a través de los distintos sentidos con el fin de detectar rápidamente cualquier cosa que pueda influir en nuestra supervivencia”, explica Justin Feinstein (Universidad de Iowa, EEUU). “Una vez que detecta el peligro, la amígdala orquesta una respuesta rápida de todo el cuerpo que nos empuja a alejarnos de la amenaza, lo cual aumenta nuestras posibilidades de supervivencia”. (Texto extraído de la autora Koncha Pinós-Pey)

Paul Gilbert (profesor de la Universidad de Oxford y Derby, Reino Unido) sugiere que si un alumno en clase siente culpa, vergüenza, aburrimiento, frustración o miedo…estos sentimientos estimularán al cerebro para que entre en modo huída, lucha, o hacerse el muerto, todo ello a través de la amígdala. (Texto extraído de la autora Koncha Pinós-Pey)

Cuando gritamos, cuando castigamos, cuando imponemos una consecuencia a un niño, estamos activando todo el cuerpo amigdalino. Cuando a un niño se le grita o castiga, el mensaje primario que está recibiendo su cerebro sería algo similar a:

“¡Mayday mayday, nos atacan! ¡Aviso a todas las unidades, cierren todas las compuertas y salidas! ¡Nada entra ni sale!”

Y, efectivamente, el niño, mucho más inteligentemente intuitivo y primario que nosotros, los adultos, activa su amígdala y bloquea las compuertas de su cerebro como motor de supervivencia. El niño pierde la capacidad de actuar, ha sido una reacción puramente química que garantiza la supervivencia.

El cerebro da la orden, la amígdala actua y se interpone en el proceso de aprendizaje.

Involuntariamente, en lugar mostrar al niño una enseñanza o habilidad de vida necesaria para su futuro (lease responsabilidad, autodeterminación, empatía, autonomía, honestidad, etc) , la cual era nuestra primera meta, hemos activado todos sus sensores de supervivencia, siendo ya prácticamente imposible el aprendizaje profundo.

El niño aprenderá, cierto:  aprenderá como evitar el castigo o el grito. ¿Era esto lo que queríamos enseñarle?

¿Qué alternativas tenemos? La Disciplina Positiva nos ofrece múltiples instrumentos que podemos usar en lugar del grito o el castigo, qué, como ya hemos visto, no son efectivos. Aquí vamos a destacar tres, por considerarlos estrechamente ligados al tema que tratamos:

  • Entrenar nuestras emociones. De forma que seamos capaces de controlar nuestro cerebro más animal, el cerebro reptil, aquel que heredamos de los primeros reptiles (tronco encefálico y sistema límbico)  y que, en ocasiones, cuando la corteza prefrontal (nuestro cerebro más humano por decirlo así) no nos puede ayudar a regularlo, nos hace explotar, enfadarnos, enrabietarnos, etc. ¿Cómo conseguir esto? Trabajando sobre nuestras propias emociones, fomentando el autocuidad, tomando conciencia plena y desarrollando el autoconocimiento.
  • Preguntarnos cuál es nuestra primera reacción emocional al comportamiento de nuestro hijo. Si descubro cómo me siento yo cuando mi hijo se comporta en un determinado modo, estaré más cerca de descubrir cuál es su meta equivocada, el mensaje oculto que nos lanza inconscientemente tras su comportamiento. Descubrir si me siento  culpable, frustrado, incapaz, enfadado…etc..,  cuando mi hijo se comporta en una determinada manera, me ayudará a entender cuál es el mensaje oculto que me está lanzando. Porque tal vez el comportamiento no sea el adecuado (a nuestros ojos de adulto), pero el mensaje/ necesidad existe y está ahí, solo debemos entenderlo.

Porque el comportamiento de nuestros hijos también nos habla, y mucho, de nosotros mismos. Disciplina Positiva ha reagrupado estas emociones y comportamientos en el cuadro llamado “La Tabla de las Metas Equivocadas”,, y que podremos explorar más en profundidad en otro post.

  • Conexión antes de la corrección. Conectar a nivel físico y emocional con el niño antes de actuar, ayudará a que el objetivo sea más fácilmente asumible por ambos. En definitiva, ayudará a obtener un ambiente más colaborador. Somos seres sociales, seres físicos, y todos, sin importar nuestra altura, necesitamos  sentir conexión y pertenencia.

Un instrumento potente de los talleres de Disciplina Positiva es “Necesito un abrazo”. Cuando tu hijo esté en pleno estallido o rabieta, elige un segundo de calma y prueba a decirle: “Necesito un abrazo”. Si te responde negativamente, insiste: “Necesito un abrazo, cuando estés listo yo estaré aquí”. El poder de un abrazo es sorprendente, y sus efectos duraderos. Conecta, siente, abraza.

A nadie le gusta que le griten o le castiguen,  sea un padre, profesor, o nuestro jefe el que lo haga. Nos sentimos humillados. El aprendizaje profundo en la infancia está basado en un binomio fundamental: Movimiento/ Experimentación y Emoción Positiva. Sin él, sencillamente, el aprendizaje no es posible.

¿De donde hemos sacado la loca idea de que, para que los niños se porten bien, primero deban sentirse mal? Jane Nelsen.

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